El pasado invierno de 2010, asistimos a uno de los movimientos sociales y políticos más relevantes de la historia contemporánea del mundo árabe norteafricano. Todo comenzó en Túnez, en medio de una oleada de protestas que se desencadenaron cuando un joven universitario, que vendía frutas en un puesto ambulante, fue desalojado por la policía del régimen y le fue requisada la mercancía. Mohamed Bouazizi, que así es como se llamaba el joven tunecino, se quemó a la bonzo para protestar ante lo que consideraba un abuso, uno de tantos, en que vivían sometidos diariamente los tunecinos, atemorizados por la policía corrupta, y sin saberlo dio el aldabonazo a estos movimientos sociales, que hasta la fecha han conseguido, lo que podría interpretarse como una vuelta de tuerca a una descolonización no finalizada, y el final de sistemas de gobierno autoritarios y dictatoriales en países como Túnez, Egipto y Libia. Si en Túnez consiguieron acabar con el régimen de Ben Alí, en apenas un mes, en Egipto las protestas se prolongaron más tiempo y la Plaza Tahrir de El Cairo, se convirtió en la plaza de la libertad, en el que el pueblo egipcio veía cómo Hosni Mubarak acababa sucumbiendo a las presiones internas y externas, por mucho que el presidente egipcio se empecinase en mantener su orden con las tropas en la calle, intentando imponer un modelo de Estado en el que ya no creían los egipcios y al que estaban acostumbrados estas autocracias árabes. Modelos en en los que una vez llegados a este punto de inflexión, no pensaban dejar escapar los ciudadanos. Se fueron sumando a las protestas países como Siria, Yemen, Bahrein u Omán, con resultados frustrantes, que mantienen duras represiones contra los manifestantes que reclaman en las calles libertad y democracia, al estilo tunecino o egipcio. Pero en los medios de comunicación, apenas hay repercusión de lo que ocurre en estos pequeños países, en los que la censura funciona muy al día, además del poco interés que despiertan en Occidente los ciudadanos del Medio Oriente. Además, hay que añadir, la particularidad de las protestas que se están desarrollando desde el pasado mes de diciembre, en la que ha intervenido de manera decisiva una nueva herramienta, que ha dado voz a los ciudadanos, como es la red social Twitter y otras redes sociales y las ventajas de la inmediatez de internet, en la que vídeos e imágenes han dado la vuelta al mundo, grabadas desde un teléfono móvil, cuando intentaban silenciar a la prensa. La ciudadanía se ha convertido, gracias a las nuevas tecnologías en reportero en directo de sus propias reivindicaciones, han usado Twitter para informar al mundo entero de lo que estaba pasando minuto a minuto en cada plaza y en cada manifestación de cada una de las ciudades.
Mientras que Mubarak ya ha sido juzgado por su propio pueblo, y a expensas de conseguir una transición política que asiente las bases de un Egipto más moderno y democrático, en uno de los países más importantes por su posición estratégica entre el Mediterráneo y Oriente Medio, la puerta al mundo árabe asiático, nos movemos entre el modelo tunecino, que acaba de celebrar las primeras elecciones libres y democráticas de su historia, desde su independencia en 1956, la sangrienta revuelta egipcia que parece estancada, en la que el consejo de transición político, no avanza en reformas y da el paso definitivo para convocar unas elecciones, previa garantía de que se puedan desarrollar libremente, y por último, nos hallamos con el último ejemplo y más cruento de una revuelta inacabada, apoyada moralmente por los países vecinos, pero con enormes diferencias: Libia. Si Túnez fue el ejemplo de revolución rápida, con apenas derramamiento de sangre, merced a un sistema político menos duro, con un presidente más débil, con la colaboración del ejército que se unió a las demandas del pueblo contra su propio presidente al que consideraban deslegitimado por la corrupción y la podredumbre de un sistema anquilosado, y a pesar de ser el menos religioso y más moderno de los estados árabes musulmanes de la región, Túnez marcó el camino a seguir a los egipcios, y éstos a su vez a los libios, que tenían en la figura de Gadafi, al Coronel y jefe del Estado, a la figura más conocida de todo el Norte de África. Un régimen personalista, que ha sido el país que más ha sufrido las consecuencias de una llamada, primavera árabe que ha terminado en un otoño sangriento que se prolongaba más de 8 meses, desde el inicio de una guerra fratricida entre diferentes clanes y diferentes formas de concebir el estado libio. Libia, un país de organización tribal, rico en recursos naturales, como gas y petróleo, que es a fin de cuentas, lo que subyace en toda esta estrategia militar posibilitada por la OTAN, con la connivencia de la UE de EE.UU y de los llamados estados occidentales democráticos, que han celebrado, o al menos, no han condenado, la muerte por ejecución de un ser humano, como es el caso de Gadafi.
Que Gadafi no es un buen ejemplo de lo que debe ser un gobernante para su pueblo, es evidente, que Gadafi sangró su pueblo y lo ha sometido a un cruenta y fratricida guerra, es patente, que ha hecho daño a sus ciudadanos devastando al país antes y durante la guerra, es otra evidencia, que se ha de percibir con el paso del tiempo, porque lejos de asentar los cimientos de un nuevo estado que aspire a ser democrático, se han sentado las bases de un modelo de estado segregado, sembrado de odio y de rencor, en el que el revanchismo, ganará la partida a los intereses nacionales del Consejo Nacional de Transición (CNT), que dirige de forma interina la voluntad del pueblo libio, presuntamente, desde que Gadafi fue desalojado del poder, tras la caía de Trípoli, capital del estado, atrincherándose en Sirte, su ciudad natal y bastión del gadafismo, hasta el día de su captura y muerte. Y es precisamente en este episodio en el que pretendo reparar, para reflexionar sobre qué estamos enseñando a los jóvenes y a nuestros conciudadanos, cuando exhibimos cual trofeo a un ser humano, que ha sido capturado vivo, y al que se ha dado muerte de forma vil, por muchas tropelías que haya cometido en sus 42 años de mandato, estamos mandando un mensaje al Mundo, a través de los medios de comunicación y redes sociales; REVANCHA. Y esto, a la larga, no puede traer consecuencias positivas. ¿Pero quiénes dirigen este CNT? ¿Quiénes se esconden detrás de este grupo de rebeldes o patriotas, o milicianos?
Bien es cierto que Libia ha estado sumida en una cómoda posición protegida por los intereses de las potencias occidentales en la zona, intereses petrolíferos en una región, la de Bengasi, en la que, por ejemplo, la española Repsol reanudaba la extracción de unos 30.000 barriles de crudo el pasado lunes, toda vez que la guerra parece haber acabado. (Ya no es noticia Libia). Con este pequeño dato, podemos hacernos una idea de por qué Libia es diferente en el caso de las revoluciones, y por qué la OTAN y EE.UU como principales interventores, han secundado a un CNT, que no sabemos muy bien, quién lo compone, pero contra el dicho popular de "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer", han preferido otorgarle a este grupo de libios, contrarios a Gadafi, la posibilidad de dirigir de manera provisional - ya se verá si no definitiva - el país. Pero todo hace presagiar, que la voluntad de este CNT es mantener un estado islámico, en el que la "sharía", ley islámica, prevalezca y sirva de modelo de Derecho para un país musulmán, muy tradicional, y en el que con el silencio y complicidad del mundo occidental, se pueden estar sentando las bases de un nuevo estado islamista.
En cualquier caso, si la voluntad del pueblo libio es tal, habrá que respetarla, con todas las consecuencias que se deriven de ello. Si el CNT es el grupo político que gobernará Libia el tiempo que sea, hasta que se celebren elecciones, si es que llega ese momento y en ese momento un grupo islamista accede al poder, manteniendo roles de sumisión y prejuicios, y leyes religiosas, por encima del Derecho Internacional, ningún estado occidental estará en disposición de reclamar en Libia un estado de plenos derechos, que ellos mismos, con sus silencios, han evitado construir cuando era más fácil. La voluntad del pueblo libio, mayoritariamente, parece estar del lado de los rebeldes, justificando o explicando la muerte del dictador Gadafi, pero, ya conocemos otros errores de injerencias extranjeras en otros lugares del mundo, en los que después se ha intentado "arreglar" lo que habían estropeado entre todos. Lo único que occidente debe evitar es seer cómplice de nuevas democracias fallidas. No debemos olvidar que estamos sumidos en un etnocentrismo en el que consideramos que nuestra democracia es el modelo a seguir, y se intenta imponer por doquier, teniendo como muestras, ejemplos de imposiciones, como Afganistán, Irak, etc., modelos impuestos, a la imagen y semejanza de Europa y EE.UU, sin reparar en que faltan los cimientos democráticos que deben ser aprendidos y construidos por cada pueblo, los ciudadanos de Libia en este caso. El proselitismo al que sometemos al mundo árabe, por el mero hecho de tener un religión y tracición cultural diferente, sólo pone trabas a un desarrollo per se. En Libia, sumando los intereses económicos en la región, de las grandes petroleras, tenemos el caldo de cultivo de un conflicto que se enquistará, como ha ocurrido en otros rincones del Planeta. Tiempo al tiempo, pero podríamos aprender las lecciones de la historia. Es cuestión de saber ver.
Que Gadafi no es un buen ejemplo de lo que debe ser un gobernante para su pueblo, es evidente, que Gadafi sangró su pueblo y lo ha sometido a un cruenta y fratricida guerra, es patente, que ha hecho daño a sus ciudadanos devastando al país antes y durante la guerra, es otra evidencia, que se ha de percibir con el paso del tiempo, porque lejos de asentar los cimientos de un nuevo estado que aspire a ser democrático, se han sentado las bases de un modelo de estado segregado, sembrado de odio y de rencor, en el que el revanchismo, ganará la partida a los intereses nacionales del Consejo Nacional de Transición (CNT), que dirige de forma interina la voluntad del pueblo libio, presuntamente, desde que Gadafi fue desalojado del poder, tras la caía de Trípoli, capital del estado, atrincherándose en Sirte, su ciudad natal y bastión del gadafismo, hasta el día de su captura y muerte. Y es precisamente en este episodio en el que pretendo reparar, para reflexionar sobre qué estamos enseñando a los jóvenes y a nuestros conciudadanos, cuando exhibimos cual trofeo a un ser humano, que ha sido capturado vivo, y al que se ha dado muerte de forma vil, por muchas tropelías que haya cometido en sus 42 años de mandato, estamos mandando un mensaje al Mundo, a través de los medios de comunicación y redes sociales; REVANCHA. Y esto, a la larga, no puede traer consecuencias positivas. ¿Pero quiénes dirigen este CNT? ¿Quiénes se esconden detrás de este grupo de rebeldes o patriotas, o milicianos?
Bien es cierto que Libia ha estado sumida en una cómoda posición protegida por los intereses de las potencias occidentales en la zona, intereses petrolíferos en una región, la de Bengasi, en la que, por ejemplo, la española Repsol reanudaba la extracción de unos 30.000 barriles de crudo el pasado lunes, toda vez que la guerra parece haber acabado. (Ya no es noticia Libia). Con este pequeño dato, podemos hacernos una idea de por qué Libia es diferente en el caso de las revoluciones, y por qué la OTAN y EE.UU como principales interventores, han secundado a un CNT, que no sabemos muy bien, quién lo compone, pero contra el dicho popular de "más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer", han preferido otorgarle a este grupo de libios, contrarios a Gadafi, la posibilidad de dirigir de manera provisional - ya se verá si no definitiva - el país. Pero todo hace presagiar, que la voluntad de este CNT es mantener un estado islámico, en el que la "sharía", ley islámica, prevalezca y sirva de modelo de Derecho para un país musulmán, muy tradicional, y en el que con el silencio y complicidad del mundo occidental, se pueden estar sentando las bases de un nuevo estado islamista.
En cualquier caso, si la voluntad del pueblo libio es tal, habrá que respetarla, con todas las consecuencias que se deriven de ello. Si el CNT es el grupo político que gobernará Libia el tiempo que sea, hasta que se celebren elecciones, si es que llega ese momento y en ese momento un grupo islamista accede al poder, manteniendo roles de sumisión y prejuicios, y leyes religiosas, por encima del Derecho Internacional, ningún estado occidental estará en disposición de reclamar en Libia un estado de plenos derechos, que ellos mismos, con sus silencios, han evitado construir cuando era más fácil. La voluntad del pueblo libio, mayoritariamente, parece estar del lado de los rebeldes, justificando o explicando la muerte del dictador Gadafi, pero, ya conocemos otros errores de injerencias extranjeras en otros lugares del mundo, en los que después se ha intentado "arreglar" lo que habían estropeado entre todos. Lo único que occidente debe evitar es seer cómplice de nuevas democracias fallidas. No debemos olvidar que estamos sumidos en un etnocentrismo en el que consideramos que nuestra democracia es el modelo a seguir, y se intenta imponer por doquier, teniendo como muestras, ejemplos de imposiciones, como Afganistán, Irak, etc., modelos impuestos, a la imagen y semejanza de Europa y EE.UU, sin reparar en que faltan los cimientos democráticos que deben ser aprendidos y construidos por cada pueblo, los ciudadanos de Libia en este caso. El proselitismo al que sometemos al mundo árabe, por el mero hecho de tener un religión y tracición cultural diferente, sólo pone trabas a un desarrollo per se. En Libia, sumando los intereses económicos en la región, de las grandes petroleras, tenemos el caldo de cultivo de un conflicto que se enquistará, como ha ocurrido en otros rincones del Planeta. Tiempo al tiempo, pero podríamos aprender las lecciones de la historia. Es cuestión de saber ver.